Día de la Madre (El Sentimiento de Culpa de Tita)

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Mata Mua

La noche del pasado sábado, yo, María del Carmen Rosario Soledad, no podía parar de dar vueltas en la cama. Removía las piernas inquieta sobre el algodón egipcio. Me picaba el pelo en la nuca. Cualquier postura me parecía incómoda. Miraba el despertador compulsivamente, esperando que los minutos en la pantalla de led pasasen como los de un cronómetro, y no como los de la sala de espera de un ambulatorio. Los grillos chillaban desquiciados en los fragantes jardines de Villa Favorita. En dos ocasiones encendí la luz de la mesilla. Una me levanté y me senté en el tocador, frente al espejo. Y no es que me encante mirarme ni ver detrás de mí el reflejo de la gigantesca cama vacía.

La verdadera razón por la que me siento aquí es que entre las cajitas de polvo de arroz, los pulverizadores de perfumes y las barras de labios, tengo un altar de portarretratos. En todos aparezco junto a mi hijo.

Normalmente mirar esas imágenes de tiempos felices me ayuda a dormir. Pero hoy no.

La segunda vez que me levanté la noche del pasado sábado eché mano de la autobiografía que estoy leyendo. Las recién reeditadas memorias de Leni Riefenstahl, cineasta oficial del III Reich. Lo abrí por la mitad: apareció un cuadernillo de fotos impresas en páginas blancas de papel satinado, de mucha mejor calidad que las del resto del libro.

Leí un pie de foto “En Nuremberg. Año 1934. Mi último intento de que Hitler me liberara del encargo de realizar un documental sobre el congreso del Partido Nacionalsocialista”. En la imagen una Leni treintañera y ojerosa, vestida con una estilosa capelina blanca, aparece rodeada de oficiales de la Luftwaffe que miran atentos a los comentarios que el Führer hace mientras analiza un plano de situación. Ella, Leni, también mira con mucha atención.

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Observando esa foto noté como una carcajada siniestra se me agolpaba en el diafragma. No pude evitarlo. Estallé a reír primero, después me puse a llorar.

Leni Riefenstahl dirigió cuatro grandes obras obras maestras de la exaltación de los valores arios promovidos por el Partido nazi: Victoria de Fe,  El Triunfo de la Libertad, Día de Libertad: nuestras fuerzas armas y Olympia, este último consistente en cuatro horas de metraje consagradas a los Juegos Olímpicos de Berlín (aquellos que hicieron inmortal a Jesse Owens).

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta que murió, Riefenstahl pasó toda su vida intentando justificar lo aparentemente injustificable, lo imposible de entender.

Si me entró la risa la noche de sábado al leer el pie de foto de aquel álbum de memorias en el que la cineasta decía que “intentó convencer a Hitler que le liberase del encargo de realizar un documental sobre el congreso del Partido Nacionalsocialista” es porque conozco muy bien los mecanismos de la culpa. Eso de autoconvencerse de haber obrado bien a sabiendas de que la ética no tiene reverso; eso de reubicar las piezas de la realidad a favor de uno, para que visualmente todo parezca en orden, aunque haya un pitido infame de fondo, un chillido de grillo impertinente, que arruine la imagen de la perfección.

Cuando se descubrió el horroso pastel del exterminio judío, Leni, como tantas otras personas que formaban parte de las élites de poder alemanas a finales de los años treinta y en los cuarenta, negó haber sido consciente del oscurísimo plan que el gobierno al que ella había apoyado estaba llevando a cabo. Si puso todo su talento al servicio de la exaltación de los perfectos cuerpos arios y de la idea de orden promovida por el régimen de la esvástica, no fue porque aprobase el exterminio, sino porque -decía ella- creía en un programa político del que desconocía su parte más atroz.

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Yo viví muchos años al lado de un hombre que siempre llevó sobre su cabeza la nube negra de la sospecha. Pertenecía a una de las familias más poderosas de la industria alemana del siglo XX. Su hermana mayor, la condesa Margit Batthyany, fue una de las personas que participó en la matanza de unos 200 trabajadores forzados judíos en una fiesta orgiástica que tuvo lugar una noche de marzo de 1945 en el castillo de Rechnitz (Austria). La prensa española, que como yo bien sé -porque he sacado ventaja de ello siempre que he me ha hecho falta- y como bien conocéis vosotros -porque supongo que sois ávidos consumidores de tal tipo de información- gusta mucho de un gran escándalo que olvidar rápidamente, lo reflejó así en su día:

“Margit y su marido, el conde húngaro Ivan Batthyany, invitaron a su castillo a unas 30 o 40 personas, en su mayoría jefes locales del partido nazi, miembros de la policía política, de la Gestapo, de las SS y de las Juventudes Hitlerianas. La fiesta empezó a las nueve de la noche y duró hasta el amanecer del día siguiente, tras una orgía de vino y sangre. El Ejército Rojo se aproximaba, estaba a tan sólo 15 kilómetros del castillo. Los jefes militares nazis estaban empeñados en levantar una fortificación para frenar su avance. Para la construcción, que se había iniciado el 9 de octubre de 1944, se reclutaron trabajadores forzados judíos, sacados de campos de concentración. Muchos tuvieron que marchar a pie desde Budapest. En estas marchas quedó por el camino un buen número de muertos. Algunos cayeron asesinados, a veces por los mismos vecinos, en los pueblos que atravesaban cuando se advertía que no podían seguir el ritmo de la marcha.

La víspera de la fiesta llegaron a Rechnitz 600 judíos. La condesa había cedido los sótanos del castillo a los nazis, y allí se hacinaban los presos. Unos 200 de ellos estaban en tan malas condiciones que no podían trabajar. Pasada la medianoche, el jefe local del partido y funcionario de la Gestapo, Franz Podezin, reunió a unos 15 de los invitados más importantes en una habitación al lado de donde los demás bebían y bailaban, repartió armas y munición y los convocó para matar judíos. Éstos tuvieron que desnudarse, y los invitados, casi todos borrachos, los mataron a tiros. Concluida la faena regresaron a la fiesta, donde bebieron y bailaron hasta el amanecer”.

El País, José Comas, Octubre de 2007

Mi marido, por supuesto, negó haber tenido conocimiento de tal cosa. Él no sabía nada de la fiesta de su hermana y su cuñado.

Yo nunca le creí. Pero jamás hice preguntas incómodas.

Aquí podéis verles a los tres juntos.  Mi cuñada lleva un vestido ideal.

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Fieshta

La verdad es que siempre que miro esta foto, me quedo pasmada de lo que se parece mi suegro, que es el que está a la izquierda de todo, a mi marido, que es el de la derecha de todo. Cuando yo le conocí -a mi marido- era exactamente así, como su padre en la foto. Un tipo con una sonrisa extraña y con la mirada oscura. Un hombre con temperamento.
Yo también tengo mucho temperamento.

Pero la noche del sábado me derrumbé.
Me miré al espejo y vi mi cara. Mi cara es un poema. El poema experimental de un cirujano vanguardista.  “Hace mucho que no te pareces ni remotamente a ti, María del Carmen Rosario SOLEDAD Cervera”.
Y me derrumbé como un castillo de portarretratos.

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Todo porque el domingo era el día del la madre. El puto día de la madre.

Odio el día de la madre. Ojalá pudiese decirlo en alto. ODIO EL PUTO DÍA DE LA MADRE.

Me casé con ese viejo repugnante al que ni siquiera entendía. Yo, Maria del Carmen Rosario Soledad Freifrau von Thyssen-Bornemisza de Kászon et Impérfalva, tenía que besar cada mañana su aliento teutón alcoholizado y dejar que me tocase el culo, cada vez que podía, en actos públicos. Y todo lo hice por ti, hijo. Para que heredases su fortuna oscura.
Y ahora tengo que andar sorteando preguntas incómodas, como esas que yo nunca quise hacer.
Me preguntan por ti. Por nuestro enfado. Me preguntan por qué no nos hablamos. Y tengo que andar justificándome eternamente, como la pobre Leni.

¿Sabes qué pasa hijo? Que hay una cosa que a la gente le chirría muchísimo más que la sombra del nazismo sobrevuele nuestra fortuna. Y es esa cosa tan rara, tan antinatural, tan inhumana, tan aparentemente imposible de entender: que una madre reniegue de un hijo.

¿No ves que a las mujeres nos enseñan desde muy pequeñas que la maternidad nos hará libres?

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3 Responses to Día de la Madre (El Sentimiento de Culpa de Tita)

  1. mate says:

    Entra fuerte l anueva etapa del mylodón. Enhorabuena.

  2. Enepeí says:

    Qué alegría reencontrarte. Me gusta muchísimo cómo escribes.

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