Thoreau en la Castellana (Mensaje desde el Lago Walden)

Henry_David_Thoreau

Thoreau y sus ojos-faro

Me había quedado embobada mirando a los coches pasar y pasar y pasar por la Castellana hacia la Plaza de Colón (desde mi puesto de trabajo puedo divisar la avenida). Últimamente me cuesta tanto culminar las tareas rutinarias en el trabajo -leer mails, contestar mails, leer mails, contestar mails- que me quedo inmovilizada, como si me pesaran los brazos, con la mirada suspendida en el aire, como rezando para que a) venga alguien y lo haga por mi b) suene la alarma de incendios – y no sea esa una falsa alarma.

Cuando, de pronto, no sonó el MEEEEEEE atronador que señala “Se quema el edificio” sino el ÑI irritante que dice “Te llaman por teléfono”.

Me llamaban por teléfono.

“Baja, te esperan”. Bajé.

Mi trabajo a veces consiste en asistir a las presentaciones que delegaciones comerciales de casas farmacéuticas hacen acerca de sus productos. En la sala de juntas me aguardaban con caras de hastío compañeros de otras oficinas y unas mujeres tan briosas que sus cuerpos parecían dinamos. Sus ojos se encendían como faros de bicicleta con cada movimiento enfático. Cada gesto que hacían llevaba a otro más enérgico que hacía más evidente aún el aburrimiento de la audiencia.

Qué bien se explicaban.

Qué bien nos explicaron los beneficios de unas píldoras que comercializan en unos lindos botecitos de cristal. “Son complejos multivitamínicos que responden a diferentes necesidades”, nos dijeron. Las pastillas del bote ámbar estaban pensadas para personas que se van a someterse a a altísimas condiciones de presión en el lugar de trabajo: “Si estáis elaborando una entrega muy importante o preparando una ponencia, es ideal consumirlas durante un mes, para que no se produzcan picos de euforia y valles de depresión”. Las pastillas conseguían, según nos transmitieron ellas, crear una constante y armónica tensión emocional que si tuviese que ser representada mediante un dibujo conceptual, se parecería a un encefalograma plano, solo que sin estar uno muerto. Las del bote verde eran más bien para personas que tuviesen en proyecto algún sobreesfuerzo físico. “Presentarse a una maratón, hacer una mudanza o pasar unas vacaciones con niños, todos sabemos que los críos se mueven mucho y pesan y moverlos a veces es tan gravoso como trasladar cajas llenas de libros”. Había por último un bote de color rojo, cuyas propiedades no recuerdo bien, porque las señoras empezaron a entrar en detalle sobre ellas justo después de que yo engullese una de esas píldoras.

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Lo siguiente que recuerdo es que la silla de felpilla azul de la sala de juntas se había convertido en una mecedora muy vieja, que se balanceaba conmigo encima en el porche de una cabaña de madera rodeada de pinos.

Silencio.

Frente a mi se extendía un lago sobre el que espejeaba un sol tímido, como de primavera insegura. Me quedé mirando aquellos destellos pequeños embobada durante un buen rato. A lo mejor fueron horas. El tiempo pasaba de una forma muy extraña. Recuerdo que durante aquel lapso no pensé en nada. En absolutamente nada. No hacía frío ni calor. Supongo que corría una brisa agradable, es lo que hubiese correspondido en una estampa así. Pero me lo estoy inventado, porque en realidad lo único que recuerdo es la sensación de un vacío mental luminoso y plácido.

Cuando salí de mi empampirole tenía sobre el regazo dos libritos pequeños, una especie de cuadernillos. Yo no me había visto desde fuera, así que no podía tener una noción clara de cómo era el lugar donde me encontraba, pero cuando miré el dibujo que adornaba la portada de uno de los legajos enseguida reconocí esa cabaña que aparecía allí ilustrada. Era la misma ante la que ahora yo me mecía.

Walden_Thoreau

Abrí uno de los libritos y lo empecé a leer a salto de mata, como hago con los cientos de correos electrónicos que me llegan cada mañana. Solo que aquella lectura, a diferencia de los mails, me intrigaba.

El primer fragmento que encontré decía esto:

“Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. ¡Si un hombre se cae por la ventana de niño y se queda inválido o si se vuelve loco por temor a los indios, todos lo lamentan principalmente porque eso le incapacita para… ¡trabajar! Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar”.

De nuevo miré al lago. Y me di cuenta de que no muy lejos había un muelle donde estaban tumbados al sol mis compañeros, los mismos que me había encontrado en la sala de juntas hacía unos minutos. O unas horas. No lo sé. Así que me levanté y fui corriendo. Sin mediar palabra me desnudé. No me importaba si me miraban o no. Me tiré al lago de cabeza y buceé todo el rato que pude, empujando el agua hacia los lados con toda la fuerza que tenía, dejando la casita, la mecedora, el bosque de pinos, el muelle y a mis compañeros atrás.

Avanzaba muchísimo y muy rápido. Los brazos no me pesaban. Era verdad que aquellas pastillas daban energía.

Cuando saqué la cabeza, con los pulmones contraídos de contener la respiración, vi frente a mi cara la pantalla del ordenador.

Acababa de entrar otro mail.

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2 Responses to Thoreau en la Castellana (Mensaje desde el Lago Walden)

  1. mate says:

    Bienvenida a Walden! Aquí un enamorado del libro y del personaje.
    Te recomiendo, dentro de esa época, a su primo Walt Whitman y sus ‘Hojas de hierba’.
    http://pacparraga.blogspot.com.es/2005/08/poemas-de-walt-whitman-hojas-de-hierba.html

    ¡Ánimo Milodón!

  2. I’m ok
    Somos todos los que estamos jodidos
    Ánimo a vos también
    Besos y tarros de miel (que a los osos nos gustan mucho)

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