¡Viva el Tour! (La Parábola de Correos)

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Me estoy volviendo loco

A mí me hace mucha gracia imaginarme el final del Tour de Francia, que este año celebra su centenario, frente al Palacio de Cibeles, ese casoplón que León Trotsky apodó como “Nuestra Señora de las Telecomunicaciones”. Sería gesto de hermanamiento: el país que más cocaína consume de la Unión Europea da la bienvenida al pelotón de politoxicómanos velocísimos que es el ciclismo de alta competición.

A lo mejor la mía es una idea de mierda, pero tampoco se devanó muchos los sesos con su ocurrencia nuestro amigo Trosky, hay que decirlo, porque cuando Alfonso XIII inauguró el edificio en 1919 (después de DOCE años de obras) él y su señora, Victoria Eugenia, ya llamaron “Catedral de las Comunicaciones” al mastodonte, obra del arquitecto porriñés (natural de Porriño) Antonio Palacios.
El caso es que el monumento siempre ha tenido un aire sacro.

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Madrid Arena

El otro día fui a recoger un paquete a la sede central de Correos, que sigue estando en el Palacio de Cibeles, aunque ahora se accede por una puerta trasera. La entrada principal está reservada para las autoridades municipales, ya que ahora el edificio es también sede del Ayuntamiento de Madrid. Puede que en las estancias posteriores de “Nuestra Señora de las Telecomunicaciones” las líneas telefónicas estén al rojo gracias a las candentes conversaciones del concejal corrupto de turno, pero en el patio trasero de la casa no se oye ni medio ring y allí siguen haciendo su labor humildes, sigilosos y diligentes funcionarios que se limitan a poner paquetes en sus correspondientes lugares. No sé si a vosotros os pasa, pero creo que el logo del cornetín con corona es el único símbolo público que me sigue pareciendo completamente inmune a la corrupción.
Por eso me dio mucha rabia que el sobrecito se convirtiese en el símbolo del Asunto Bárcenas.

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El mejor logo de la historia del diseño español después del “casco de motorista” de los estancos

Siempre he tenido una relación muy especial con Correos.

La prueba está en que todos los días cuando vuelvo del trabajo y entro en el portal repito el mismo gesto. Miro al portero de turno, él busca mi mirada para saludarme, pero yo la esquivo, y aunque le devuelvo el hola o el buenas tardes, no me encuentro con sus ojos, sino que directamente paso por encima de su bedélico melón para ir al casillero de correspondencia de mi apartamento. Repito el gesto to-dos-los-dí-as de manera tan sistemática que él, el portero (no siempre es el mismo, hay varios, pero todos se han dado cuenta de la mandanga), ya se permite el lujo de mirarme con carita de pena cuando sistemáticamente no hay nada.

A mí me dan ganas de decirle que no se apene, que no es que esté esperando carta de alguien en concreto. Es que llevo esperando carta de cualquiera desde 1998, que es el año en el que todo lo referido al género epistolar se empezó a ir a tomar por saco porque el teléfono móvil llegó a nuestras vidas de forma masiva.

En honor a la verdad, de vez en cuando aún recibo alguna que otra postal de colegas que, como me pasa a mí, siguen encontrándole la emoción poética a eso eso de echar un trozo de cartón dentro de una ranura. Recuerdo con especial cariño una que me llegó hace dos años, cuando todavía vivía en Ríos Rosas. Era un tarjetón con un macizo cachas en porretas silueteado con unas letras gigantes encima que rezaban: CALIFORNIA. Alguien le había “tatuado” con un bolígrafo mi nombre dentro de un corazón en un brazo. En el reverso se podía leer:

“Oh, yes, está muy caliento aquí ahora. Llévame contigo a Ponferrada y si me das de tu botillo quisás puedas probar el miou”.

Llamadme ilusa, pero estuve una semana dándole vueltas a si tal mensaje podía ser de un enamorado jocoso que de verdad anhelaba conocer las delicatessen de mi tierra natal.

Una noche se me encendió la bombilla y me di cuenta de que no era de un enamorado, sino de dos, enamorados entre sí, que andaban de luna de miel por la Ruta 66.
Gracias Patri y Quique. Nunca olvidaré que el sello de la tarjeta era una bonita estampa del Parque Natural del Gran Tetón. Aprovecho para contaros que el Templo Votivo del Mar de Panxón, que está al lado de vuestra casa, es del mismo arquitecto (natural de Porriño) que diseñó el Palacio de Telecomunicaciones de Cibeles.

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Templo Votivo del Mar de Panxón

Yo antes cuando salía de casa (daba igual si era de excursión a Valladolid), me liaba a mandarle postales a todo dios y después me gustaba imaginar que el papelajo con mis letras haría el mismo camino de vuelta que había hecho yo de ida. Si en lugar de postal era cualquier cosa ensobrada, invariablemente -aunque el destinatario fuera un pariente lejano o alguien que me importaba tres pepinos- escribía en la pestaña del remitente: “¡Corre cartero, que es para el amigo que yo más quiero!” y después dibujaba un Mr. Postman con gorra y bigote. No sé el jeto que se le debía de quedar al Sr. Cartero cuando se veía caricaturizado de tal guisa, pero las cartas llegaban, eso seguro, porque la gente me respondía. Y para demostrarlo tengo en casa cuatro cajas llenas de correspondencia, que de vez en cuando reviso porque me río más con su contenido que con las dos primeras temporadas de The IT Crowd.

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Hay gente que se muerde las uñas, que se mesa el pelo o que revisa la llave del gas antes de irse a la cama de forma compulsiva. Yo, además de hacer algunas de esas cosas, miro el buzón. Es un gesto que a base de repetición se ha convertido en tic y que adquirí de niña, cuando descubrí que eso de mandarse sobres con mensajes dentro era tan divertido como jugar a la goma. Que yo no sé, por cierto, si las crías de ahora siguen jugando a eso o ya todos los juegos los practican dentro de la pantalla del iPhone. Yo, que me hice mayor en una era cuasipretecnológica, aún no era capaz de intuir cuánto tiempo me harían perder los piés de foto del Fotolog, los chats de gmail, los tuits de Twitter y los estatus de Facebook y por eso me hice miembro del International Pen Friends Club.

Gracias a tan insigne hermandad, me escribí bastante con una chavala de Somerset que no conocía de nada.
A saber qué nos contábamos.

Aunque el mes del año en el que yo captaba más víctimas para practicar mi afición favorita era el que empieza hoy.

En julio yo hacía mi agosto porque me iba  un mes a la playa y allí siempre conocía a nuevos amiguitos que se acababan convirtiendo inevitablemente en amiguitos postales. Con algunos de ellos mantuve correspondencia durante años y años. Aunque el que recuerdo con más cariño solo me envió dos cartas.

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From LA with Love

Se llamaba Diego y era de Zaragoza. Yo era una bomba hormonal de 15 años, él de 17. Tenía una mandíbula prognante, como la de Carlos V, y un pelo negro cepillo, como el de Xavi Hernández. Era muy feo, pero muy gracioso: sin ser aún mayor de edad aseguraba visitar los fines de semana el fondo Ultra del Ligallo. Decía que su libro favorito se titulaba Mein Kampf y dibujaba esvásticas en la arena como otros ponen corazoncitos. Qué coño sabría él lo que era todo aquello.

Acabó confesándome que en realidad no había leído ni media página de Mein Kampf y que algunas cosas de Hitler “le parecían mal”. Pero con el Real Zaragoza iba a muerte, eso sí.

Le conocí unas vacaciones que mis progenitores cambiaron nuestro habitual destino gallego (Sanxenxo) por Andalucía. A mi padre su empresa le ofrecía ese año hospedaje a mitad de precio en destinos vacacionales del Sur y así fue como caímos en un hotel de Fuengirola que parecía un escenario de Vacaciones en el Mar: una de esas megaconstrucciones autogestionadas con generadores de luz propios que tenía desde una discoteca, hasta un supermercado interno, pasando por la indispensable piscina (con el mar a cien metros) donde los turistas ingleses se agarraban unos pedos titánicos durante la Happy Hour (de siete a ocho).
Entre los huéspedes había muchas familias que también venían “financiadas” por la empresa del padre, y aunque los adultos intentasen evitar la camaradería corporativa a toda costa, entre los niños y los jóvenes se corría enseguida la voz de que todos pertenecíamos a una especie de “club”. El resultado era que en el hotel se creaba un ambiente de poblado sindical que para nuestros viejos debía de ser un calvario, pero que para nosotros, la chavalada, era una especie de Verano Azul con bufé libre: hacer amigos nunca había sido tan fácil.

Por las tardes, cuando los padres se metían en las simas abisales de la siesta, todos los niños bajábamos a las profundidades del hotel, donde había una sala con tele.
Íbamos a ver el Tour.
Aún quedaban veinte años para que el torneo celebrase su centenario y para que yo supiese quién era Trostky, me preguntase por qué la gente se mete tanta cocaína y qué significa la palabra “Doodle”.

eltour

A mí, francamente, el ciclismo me la traía al pairo.

Yo lo que quería era sentarme al lado de Diego y reírme sin parar.
En la sala se concentraba todo rango de edades, desde críos que aún no habían hecho la comunión, hasta gente a la que ya le había empezado a salir el bigote. Os podéis imaginar cómo olía aquella habitación cuando por fin nuestros tutores pasaban por el sótano a recogernos para volver a la playa.
Recuerdo que había una niña de 13 años, muy mona, muy bajita y muy impertinente, que se sentaba siempre con el grupo de “los mayores” aunque estaba claro que no le correspondía tal privilegio. Se llamaba Paula. Fijaos si me caía mal, que nunca le pedí su dirección.
Cuando jugábamos a las palas, ella siempre se picaba. Cuando nos bañábamos, ella muy pronto tenía frío. Cuando pedíamos una cerveza a escondidas, ella nunca quería.
A mí me sacaba de mis casillas y a Diego también, porque no paraba de meterse con ella.
Por las noches, como la discoteca estaba dentro del hotel, nuestros padres nos dejaban bajar en grupo a hacer el idiota. Diego y yo no nos despegábamos. Hacíamos coreografías mongolas y nos burlábamos hasta del apuntador. Especialmente de Paula.

La última noche en Fuengirola, nuestros padres nos dieron permiso para bajar solos a la playa. Éramos una horda de quince críos apoderándose del arenal como la hinchada del Madrid se apodera de la Cibeles cuando ganan la liga.
Mi hermana, estaba sentada con los de su edad jugando al toma-tomate. La niña bajita, mona e impertinente, para variar, se había sentado con los de NUESTRA edad. Diego, pintaba esvásticas gigantes en la arena y nos contaba batallitas de los Ultra en Mestalla y todos nos reíamos mucho. Porque no sé si os lo he dicho, pero Diego era muy gracioso.Entonces pasó.

Si cierro los ojos puedo recordar cómo se me aceleró la respiración cuando, en un momento en el que nadie nos escuchaba, me dijo: “¿Puedes venir un momento? Tengo que hablar contigo”.
Me llevó aparte. Nos sentamos cerca del mar y nos pusimos muy cerca, como cuando mirábamos el Tour. Había muy poca luz pero le brillaban los ojos. A mí también.
“Tengo que decirte una cosa”, me anunció.
Se me salía el corazón por la boca.
¿Qué tenía que decirme?
Ay, sí, sí, sí. ¡Sabía lo que iba a decirme!
Siiiiiiiiiii

Siiii

“ME GUSTA PAULA”.

Si cierro los ojos puedo recordar cómo se me fueron quedando frías las extremidades, la cara, los labios…
Si cierro los ojos puedo rememorar cómo tragaba saliva a razón de tres mil centilitros de baba por segundo mientras pensaba nolloresnolloresnolloresnollores
Si cierro los ojos puedo reconstruir el momento exacto en el que posé mis manos sobre la arena y las cerré lentamente hasta formar un puño.
“¿Crees que debería decírselo?”, me preguntó.
Los dos puños de arena le fueron directos a la cara.

Ya no recuerdo más.
Sé que, a pesar de todo, nos intercambiamos las direcciones.
Cuando volví a Ponferrada no tardé mucho en recibir su primer sobre. Dentro venía una postal con la Virgen del Pilar, una pulserita con la bandera de España y muchas esvásticas dibujadas a mano.
Hoy, yo le habría mandado una postal de “Nuestra Señora de las Comunicaciones”.
De aquella le mandé un llavero con forma de botillo.

En el segundo sobre que me envió venía una carta muy larga. Me contaba que al final había hablado con Paula, que ella le había confesado que sentía lo mismo y que ahora la muy bajita e impertinente iba a visitarle con sus padres de vez en cuando a Zaragoza. En la postdata, Diego dejaba caer una pregunta: “Oye, hay una cosa que nunca entendí muy bien. ¿Por qué me tiraste arena aquella noche en la playa?”.

Jamás le contesté.

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8 Responses to ¡Viva el Tour! (La Parábola de Correos)

  1. Celine says:

    Con Antes del anochecer aún sin digerir me encuentro esta historia y ya sé que voy a tener una primera semana de julio como ciclista sin su dealer…. Qué pena, pobre milodón, ¿por qué Dios nos envía a las paulas de este mundo? ¿y por qué las vacaciones son cada vez cortas? ¿y por qué actualizas tan poco?

    • Mira, te lo digo: menos mal que dios mandó a Paula. Me veía todos los domingos en Fondo Norte de Mestalla! La conclusión es que hay que escribir menos cartas y coger más la bici.

  2. Todos aquellos paquetes marroncetes llenos de cintas y fanzines allá por los finales de los 90 y mis 6 años viviendo con el Milondón…han hecho que me riese tantooooo sabiendo que iba a aparecer una perra como La Paula!!!!Benditas todas las Paulas de ellas será el reino de los tristes!!!

  3. Ay Pilarica! A Diego le gustaba más Paula porque ella nunca hubiese confundido Mestalla con La Romareda. Pero te lo digo UN COÑAZO DE TRONCA ERA

    Me meo con lo de los sobres marrones. Llegaron bastantes sí 😀

    mua!

  4. mate says:

    Si no paraba de meterse con ella, es que estaba claríssssimo, maja.
    Milodón, no te pega nada un señor que dibujaba esvásticas sobre la arena de la playa. ¡Trata de olvidarlo!

  5. Qué poco me conoces Mate. Me suelen gustar psicópatas e impresentables.

  6. Sopapo says:

    Me ha sentado fatal este post. Rotita he quedado. Me ha pasado como en las pelis. Desde que empezaste a nombrar a Paula me olía lo que iba suceder, y sólo quería avisarte: “¡Tía, cuidado, detrás de ti!”, como si esto fuese Scream. Puta Paula.

  7. Ay, si me lo hubieses advertido de aquella, Sabinica!

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