Un rayo ultravioleta (Isa contra el Isis)

 

Hola amigos. Creo que no os descubro nada nuevo si os digo que vivimos días de odio exacerbado.

Y yo no tengo ni idea de qué opinar de la guerra en ciernes.
Porque el terror no me gusta.
Pero el maniqueísmo tampoco.

A lo mejor es que no hay que opinar siempre. A lo mejor cuando todo es tristeza, desconcierto, ruido y odio alrededor, lo mejor es refugiarse en lo que uno admira y ama, que es, por definición, lo que a uno le da paz.
A riesgo de sonar moñas, diré que yo ayer por la tarde fui a refugiarme en la librería especializada en música El Argonauta (Fernández de los Ríos, 50 – visítenla, por favor. Es una maravilla). Y tuve la suerte de que me arrojasen “un rayo de luz ultravioleta” en mi recalentada y últimamente un poco desorientada cabeza.

“Un rayo de luz ultravioleta” es el título del libro que Alejandro Díaz Garín le ha editado a Ia simpar Isabel Fernández Reviriego. Ambos lo presentaron juntos.

De Álex yo ya era fanática cuando él era el líder de la muy mod banda Los Flechazos. Corrían los años noventa y en aquella Ponferrada deprimida que aún no sabía si el carbón volvería a ser rentable algún día, pues imagínense lo que significaba escuchar canciones que fantaseaban con el Londres vital y vanguardista de Mary Quant y los Kinks. ¡Vivan Los Flechazos! ¡Viva Álex! A él le debemos el Purple Weekend, ese festival que convierte León por unos días en Wigam Casino (si no pillan la referencia, hagan clic aquí).

 

De ella me hice fan más tarde. Las maravillosas tonadas que compuso para Las Charades me llevaron a asomarme a su universo personal. Así fue cómo descubrí que en el mundo de Isa, caleidoscópico, tropicalista y punkie a la vez, Brian Wilson y Robe Iniesta podían caminar de la mano sin mirarse raro. Después vino su proyecto en solitario, Aries. Y ahora, su primer libro. Ayer me dormí a las tres de la mañana leyéndolo.

 

Yo sé que el mundo necesita comentaristas políticos que nos expliquen qué coño está pasando en Siria, en Irak, en París, en Bruselas, en Mali, en Beirut. Pero cuando leo las cosas que dice Isa -la pasión con la que habla de Caetano Veloso, los poderes curativos que le atribuye a una canción de los Beach Boys, la gracia con la que explica el conflicto de clases entre Getxo y la margen izquierda (ella es de Bilbao)- no puedo evitar sentir que todo es más sencillo de lo que parece, que la respuesta a los grandes conflictos están en las cosas pequeñas y que las ideas más enormes se formulan sin grandilocuencia.

Si me permito el lujo de relacionar a Isa con la guerra es porque es la única persona que conozco que sigue reivindicando con pasión y criterio la herencia de la cultura pacifista de los años sesenta, ese sonido San Francisco que lucía flores en la cabeza: el que convirtió un círculo con tres palitos en el símbolo universal de no a la guerra. Isa nunca se cansa de defender la luz frente a la oscuridad. Y para hacerlo usa siempre los adjetivos más bonitos que existen. “El enaltecimiento del loser, del maldito… personamente me siento a años luz, a veinticinco galaxias de eso. Yo no quiero añadir más dolor a este dolorido mundo, no tengo ninguna gana de vomitar mis neurosis y heridas de manera explícita. Pero su existencia no me incomodaría en absoluto si no fuese porque este culto a la tristeza se celebrase en oposición a la alegría el optimismo. Los orígenes de este escarnio del contento podríamos identificarlos en el catolicismo, la culpa y la pena; en las decenas de filósofos occidentales que desde el siglo XVII identifican al alegre con el ignorante… ¡yo qué sé! Lo que sí sé es que una canción alegre y brillante puede contener una carga intelectual y sentimental igual de estimable que aquella que aúlla dolorida. Apreciar la oscuridad, el misterio o la melancolía; sentir la belleza en el dolor y a desesperación son ejercicios tan valiosos como bailar con desenfreno y júbilo una melodía luminosa. Esa música que sana, que cura, que refulge… amo esa música”.

Hay tres tipos de personas que siempre le han dado muchísima envidia al Milodón: las que saben bailar, las que saben cantar y las que saben componer. La envidia, en la segunda acepción que reconoce el diccionario para esta palabra, es casi idéntica a la admiración: “Deseo de hacer o tener lo que otra persona tiene”. La primera acepción (“Sentimiento de tristeza o enojo que experimenta la persona que no tiene o tener para sí sola algo que otra posee”) describe uno de los sentimientos más viles -y más humanos- que puede tener un ser ídem. ¿Por qué es tan chunga la envidia? Porque es al odio lo que los globos de oro a los oscar. Una antesala de. Por si no me he explicado bien lo voy a decir de otra manera: la envidia es el pedo, el odio la caca.

No sé a ustedes, pero al Milodón no se le ocurren tres acciones más opuestas a envidiar y odiar que bailar, cantar y hacer canciones. Ya sé que los indios hacían bailes rituales antes de iniciar la guerra, que al frente de algunos ejércitos gaitas exaltadas conducían a la batalla y que la música puede ser un vehículo que exprese las más bajas emociones. No me acusen de comeflores.

Vivimos días de odio exacerbado. No lo digo solo por esos mamarrachos (según la segunda acepción del diccionario: “Persona que carece de formalidad y compostura y no merece ser tomada en serio ni ser tratada con respeto”) que entran a punta de metralleta en lugares donde la gente está bailando y cantando al son de canciones. Lo digo también por los que reaccionan a la sinrazón con más burreza. Tiroteos vs Bombas.

Bailar.

Cantar.

Hacer canciones.

Si es verdad que el odio es una mierda, no lo es menos que a veces controlarlo no resulta fácil. Pensad si no en esa paisana anónima que grita como si hablase por un grifo y no a través de un teléfono móvil durante las cuatro horas que dura su viaje en autobús al pueblo, ese taxista que os pregunta por dónde le llevo como si no estuvieseis viendo con vuestros propios ojos que el coche posee un GPS más evolucionado que algunas computadoras del CERN, ese buzón de entrada que marca el número de emails sin responder al mismo ritmo que se mueve el segundero del reloj de 20.000 euros de vuestro jefe, ese camarero que por “la leche templada, por favor” entiende “póngame la leche como si tuviese el paladar de titanio”, ese grupo de Whatsapp que os manda el enésimo meme de Julio Iglesias durante la sacrosanta siesta del viernes. Yo qué sé. Siempre hay por qué matar y a quién odiar. En estos tiempos de competitividad salvaje y sobredosis informativa… ¿Quién no ha sentido tristeza y enojo al escuchar a los vecinos follar alegremente? ¿Quién no se ha preguntado al ver salir al presidente de la compañía en una berlina con los cristales tintados “Dónde están los GRAPO cuando se les necesita”? ¿Quién no ha pensado “ya está el analista internacional de los cojones” al ver una bandera francesa, libanesa o bullabesa sobre una foto de perfil? Estoy segura de que hasta el Dalai Lama se cagaría en las muelas de Antonio Burgos, de Pedro Jota Ramírez, de Ramón Lobo o de Lady Gaga si pudiese leer Twitter (Dalai, admítelo: ¿A que alguna vez has sentido envidia del pelo de Richard Gere?).

El que esté libre de endemonies que tire la primera piedra.

“El mundo de la música, los promotores y las salas de conciertos se nutren de crápulas, aves nocturnas de locuacidad ilimitada, personas disolutas maceradas en tóxicos, falta de sueño y ausencia de sol. Muchos de ellos cortan el bacalao y si tú te macerases a su lado, las probabilidades de tocar más y mejor aumentarían exponencialmente. Es eso que hoy día llaman ‘networking’ pero en tempura de cocaína y watios. ¡Vade retro Satán!”, dice Isa en su libro. 

Bailar

Cantar

Hacer canciones

Me permito finalmente la licencia de reproducir el primer capítulo de “Un rayo Ultravioleta”, el libro de Isa, cantante, compositora y ahora también brillante escritora:

Hay gentes a las que el solo hecho de respirar parece dar alegría”

William Morris

Como en los libros de Herman Hesse, en esta vida, ser uno mismo, mantener la capacidad de asombro e ilusionarse cada mañana es una verdadera odisea. Resulta muy peliagudo que, durante el periplo vital, no te aplaste la rueda y no te inunden la indolencia, el cinismo o la ambición. O que las penas causadas por las progresivas enfermedades y muertes que experimentas a tu alrededor no te roben la esperanza.

Desde que naces, las convenciones y la maquinaria tratarán de reducir tu esencia, las vicisitudes de la vida te irán robando las ganas de jugar y el niño que llevamos dentro se irá esfumando. No sucumbir ante tal avalancha de porquería maloliente y mantener al niño vivo y coleante es un trabajo que hay que tomarse en serio. ¡Mortalmente en serio!
Desde pequeña he sido educada en la idea del entusiasmo, la gratitud y la libertad como esencia para la felicidad y el buen hacer vital. Mi padre siempre se preocupó por hacernos entender que la única vida real es la que está construida a base de pasión, compromiso e imaginación. Despreciando la acumulación materialista y los patrones sociales, su radiante tesón ha marcado mi vida y la de mi hermana. Así mismo, mi madre nos transmitió su amor por lo genial y lo curioso; llevándonos a explorar jardines, visitar ruinas y museos o leyéndonos cuentos compulsivamente. Fueron mis padres los que tras nuestra insistencia, nos compraron a mi hermana su primera batería y a mí, mi primera guitarra eléctrica. No son millonarios, ni jipis, ni progenitores especialmente iluminados, sino humanistas y personas trabajadoras y generosas. En definitiva, estoy escribiendo esto gracias a ellos. Muchas veces, temo decepcionarles por mi falta de talento o fuerza, pero jamás por no ser lo que en esta cultura se considera una “mujer de éxito”. ‘
El sentido de la vida es aprender para que nuestro espíritu crezca y con él la Humanidad evolucione y el Universo haga fiestas’, me reveló mi hermana riendo un día. ¡Abajo la dialéctica entre el éxito y el fracaso!
Quiero seguir aprendiendo y quiero sentir curiosidad. Quiero creer en la Naturaleza, en el ser humano y en el progreso -no necesariamente lineal-, aunque me duela y la historia nos muestre que hay un lobo despiadado dentro de cada uno de nosotros. Quiero celebrarlo, comprometerme y encantarlo todo hasta el día en que me muera”.

 

 

 

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2 Responses to Un rayo ultravioleta (Isa contra el Isis)

  1. Pablo says:

    Precioso! Lo que escribe Isa y lo que escribes tú, Milodón… De alguna forma vuestras palabras me han alegrado – me han dado “envidia” en el buen sentido – una mañana gris y triste. Gracias!

  2. Pingback: la magia bruta

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