La limpiadora (y los papeles de Panamá)

El lunes cayó el diluvio sobre Madrid. No fue una tormenta pasajera, un chaparrón furioso de los que uno ve pasar resguardándose un rato debajo de un toldo. No. Fue un que llueva que llueva la virgen de la cueva persistente y machacón que se prolongó todo el día y que me tuvo toda la jornada mirando hacia la calle desde mi puesto de trabajo preguntándome si en algún momento escamparía y si podría yo volver a mi casa como a mí me gusta. Caminando Castellana arriba, mirando con ojos soñadores hacia una Torre Picasso esculpida contra la bóveda celeste, pensando en un futuro mejor en el que los Choclait Chips volverán a las estanterías de los supermercados y coger un tren hacia la playa costará 20 euros.

Qué caro es el Alvia a Cádiz, joder.

¡Y qué hermosa está la Pirámide de Mutua Madrileña cuando luce el sol y el jardín japonés que adorna su entrada brilla como Eldorado!

piramide

Odio la lluvia como los políticos odian a los ciudadanos. Ellos saben que nos necesitan para ganar escaños y yo sé que nosotros necesitamos el agua para que salgan hojas en las todavía desnudas ramas de las acacias. Pero si se celebrase un referéndum para que no hubiese más días de paraguas yo votaría sí.

Odio la lluvia como los ricos odian las inspecciones de hacienda.

Sentada en mi silla mientras fuera llovía a mares le sisé varias horas de productividad a mis empleadores leyendo con voracidad la megamovida de los Papeles de Panamá. Cuando de pronto  me acordé de que esa mañana en mi camino hacia el trabajo no había visto a la señora que limpia las letras.
“Querrás decir las letrinas”,  me corregiréis vosotros.
Y yo os digo: no, no. Quiero decir las letronas. Unas letras gigantes que por separado no significan nada y juntas tampoco mucho porque forman el nombre de una empresa situada en el número 41 que no os sonará de nada. Esta compañía anuncia su presencia al viandante con un rótulo exento, colocado encima una hierba tupida y perfecta. Siempre me llama la atención que de todas las grandes corporaciones representadas  en la avenida más ejecutiva de Madrid esta es la que tiene siempre el porche más limpio y la zona verde más cuidada. Y siempre me impresiona la meticulosidad con una señora se afana cada mañana en sacarle lustre a esa  A, a esa B, a esa E, a esa R, a esa T, a esa I, a esa S.

Pues bien, la mañana de lunes no la vi.

El martes me despertaron unos pájaros que se posaron en mi alféizar cantando una canción de Minnie Riperton. Supe que había amanecido un día radiante. El sol lucía tan guapo que hasta yo misma me sentí bella. Salí a la calle haciendo gala de un optimismo desmedido, casi religioso. Pensé en los Papeles de Panamá. Pensé: ¿y si todo ese revuelo sirviese para algo? A cierta altura de la Castellana me fijé por primera vez en otro rótulo.

optima

¿A qué se dedicarán en esta empresa? Me pregunté con la misma mirada soñadora con la que miro a veces a la Torre Picasso.

Cuando llegué a la altura del 39 respiré aliviada. Allí estaba ella.

abertis

 

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3 Responses to La limpiadora (y los papeles de Panamá)

  1. vilque says:

    No puedo creer que no te guste la lluvia, Myler

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