La Alergia Mágica (Jabois en Madrid)

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Te preño con el mirar

En esta época del año, con las gramíneas en plena eclosión, me froto tanto rato y tan fuerte los ojos que tengo la impresión de que sería capaz de tener un orgasmo ocular. El picor de ojos es algo que -como tantísimas otras cosas- se retroalimenta con el rascado, así que uno no sabe bien cuándo parar. Pero a diferencia del picor nasal (también me proporciona momentos de auténtico placer, por cierto) que tiene su punto álgido en el estornudo, con el tema de los ojos es difícil reconocer dónde está el límite.

El otro día, tumbado en un parque que hay junto al lago de la Casa de Campo, tuve que detener el frenético fru fru cuando me había quedado ya sin todas las pestañas y le había pedido a cada una de ellas un deseo.

¿Conocéis la superstición esa, no? El observador que está frente a vosotros detecta sobre una de vuestras mejillas uno de esos pelitos que, de natural, debería estar bien agarrado al párpado y os dice, como un Aladino recién salido de la lámpara:

-“Piensa en algo que te gustaría que se cumpliese”

Lo piensas, fuerte, con intención, con ganas, con la misma ilusión con la que mandabas las tapas de los yogures a la casa matriz de Danone; y tu observador te pregunta

-“¿De qué lado está?”

Y entonces es cuando si aciertas dónde está la pestagna marchita, la cosa va adelante.

Yo el otro día perdí como doce pestañas a base de frotis. Y las doce veces pedí lo mismito. Soy como esos ludópatas que se abonan a un número de la lotería. Persevero en mis intenciones, no diversifico, pese a que mi abuela siempre me ha dicho que es muy necesario “no poner todos los huevos en la misma cesta” y “tener siempre encendidas varias velas, por si alguna se apaga”.

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Este fin de semana estuve en su pueblo (el de mi abuela), que un poco también es el mío.

Estar tirado en un prado de Cabañas Raras del Portiel no tiene comparación con estar tirado en el lago de la Casa de Campo: la diferencia que hay entre un campo de verdad y una zona verde es tan grande como la distancia que separa a una teta auténtica de un implante. La potencia polínica del campo verdadero es tan superior a la de cualquier ámbito campestre urbano que los ojos de los alérgicos pueden hincharse hasta ponerse del tamaño de globos terráqueos y los capilares enrojecidos forman una cosa que se parece a las fronteras de los países. En mi lacrimal inundado de, como es pertinente, lágrimas, los presentes llegaron a ver el mapa político de África. Miremos la parte buena: por una vez llovió en Abisinia.

La parte mala es que no pude leerme el libro que llevaba para echar la tarde: “Manu”, de Manuel Jabois.

Tuve que dar cuenta de él en el autobús de vuelta a casa.

De vuelta a Madrid.
Allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo, donde la gente dice “showroom” en lugar de “muestrario”, esta primavera -o como demonios haya que denominar a esta estación imposible en la que nos hallamos inmersos- se habla muchísimo de un periodista llamado Manuel Jabois que acaba de mudarse a la capital.

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Manuel Jabois es un tío cuya recopilación de artículos más célebre (la única hasta el momento – no la he leído completa) se sostiene sobre una soflama contra el centralismo capitalino.
Él ha acabado viviéndose pacá. Cuando me enteré no pude evitar esbozar una sonrisita irónica.

Manuel Jabois es un periodista de la estirpe de Julio Camba cuya retórica testosterónica, que se regocija en los clichés más manidos del macho cabrío, puede hacer rasgarse las vestiduras a cualquier mujer con dos dedos de frente. Manuel Jabois es un tío cuya reputación de pendenciero devorahembras es casi tan grande como él (y él es un tipo alto que está buenísmo, todo sea dicho).

Manuel Jabois es una mezcla letal de:
Haro Tecglen + Alfonso Ussía + Manolo Rivas + Pepe Domingo Castaño

Nunca sabes si sube o si baja, si es de izquierdas o de derechas, si es machista o solo un sentimental un poco agresivo… el caso es que siempre dice algo que te encanta oír. Yo creo que es porque siempre mete alguna pincelada gocha (bien de comida, bien sexuar) y eso gusta. Además el tío ha creado su propia leyenda negra en torno a sus hábitos nocturnos, lo que da mucho morbo.
Y luego está aquello de que habla de fútbol así de una forma muy tierna y a la vez muy épica, que es como estar en un estadio cantando a gritos una canción de Belle and Sebastian*.

Manuel Jabois es un tipo que cita a Josep Pla, como todos los pedantes hacen, que comenta la actualidad, como todos los pesados suelen, y que me caía fatal hasta que leí este artículo suyo en el que habla de los veranos en Sanxenxo.

Jabois acaba de ser padre y le ha dedicado un pequeño librito a su hijo, que se llama como él.

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(…) Fue un día de verano, como todo en la vida. Había ido a aparcar el coche cerca de la playa de Areas, y cuando conseguí dejarlo a dos kilómetros me eché la toalla al hombro y me dirigí campestremente a la Postiña, un bar de allí en donde me esperaba Paula y una amiga suya que yo no conocía de nada. Al verme bajar, esta amiga exclamó: “¡Quién es ese dios de la fecundidad!”. Meses después la tenía por ahí embarazada perdida, pero esa tarde nada sospechábamos: yo me dediqué a leer una biografía enorme de Hitler mientras pensaba que estaba buena, pero que parecía una de esas pijas estreñidas que fabrica Pontevedra como roscas; ella pensaba que yo estaba bueno, pero que era un coñazo de tío de ésos que se pasan cinco horas bajo el sol para saber de la vida de un alemán muerto. “Que ni es alemán”, pensaba ella, “sino austríaco, y seguro que después de 1.200 páginas el paleto ni se entera”.

Yo en realidad leía para hacerme vagamente el interesante y ella ponía cara de pija porque le daba el sol de frente y no tenía otra que ponerse las rayban y apretar mucho la boca, como si se estuviese callando marcas de ropa. Aquel disimulo nuestro tardamos en descifrarlo, pero aún antes, cuando no nos caíamos bien y ninguno tenía una opinión buena del otro, ya nos estábamos acostando, porque al fin y al cabo en la cama no interesan detalles superficiales como el carácter, y ninguna mujer llega al orgasmo porque su pareja tenga buen humor. ¿Acaso nos reproducimos como especie leyendo a Dostoievski? Más bien lo que dan ganas es de clausurarla (…)

(…) Se empezó a encontrar mal a los diez minutos. Yo le decía que aquello era imposible y que probablemente tuviese una migraña insólita. Discutimos agriamente por esto. Pasaron varios días y nos fuimos a comer al asador O Fanal, donde nos dedicamos a los periódicos porque habíamos reñido esa mañana por alguna razón que no recuerdo. Yo separaba las páginas con cuidado, royéndolas como si fuesen los huesos del churrasco, y de vez en cuando, teatralmente, le echaba mojo picón encima a las noticias que no me gustaban porque así, decía yo, al menos tenían sabor. Eran las consecuencias funestas de beber mucho vino; ésa, y que los dueños me pidiesen por favor que me llevase los diarios conmigo cuando pretendía dejarlos donde estaban.

Subimos despacio la calle Arzobispo Malvar como dos ciclistas golpeados y al llegar a la Plaza de España la vi dirigirse sola a la farmacia. Ella quería comprar un predictor y yo creía que lo que tenía que hacer era comprar ibuprofeno. Finalmente hizo lo primero, y en casa se dispuso a hacer una operación que yo entendía desproporcionada.

Esperamos los dos en el sofá. La tarde era horrible y a mí se me empezaba a levantar resaca. Sólo quería dormir y llorar, pues en aquella época lloraba muchísimo y sin venir a cuento, como en una especie de ejercicio de marine por si venía algún disgusto grande y tuviese que estar entrenado. Cuando pasó un tiempo se fue al baño a por el predictor. Yo pensé ahí sinceramente que se estaba volviendo loca. Me lo confirmó el resultado: estaba embarazada. Meses más tarde, en algunas de nuestras discusiones más encendidas, supe que siempre tenía que tener la razón. Nunca conocí a nadie que hubiese llevado tan lejos su dolor de cabeza (…)

La parte mala de esta primavera (infame en lo meteorológico) y sus tormentas de polen, es que los alérgicos no podemos parar de llorar y ni siquiera es de pena. La parte buena es que, con las pestañas cayendo a mansalva, se pueden pedir muchos deseos.
Estoy completamente convencida de que el mío se va a cumplir.

Se me olvidaba: si me encuentro al Jabois por la calle, le digo que es clavao a Quique González.


*Descripción incluída desde los comentarios, a petición de Vilque

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Thoreau en la Castellana (Mensaje desde el Lago Walden)

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Me había quedado embobada mirando a los coches pasar y pasar y pasar por la Castellana hacia la Plaza de Colón (desde mi puesto de trabajo puedo divisar la avenida). Últimamente me cuesta tanto culminar las tareas rutinarias en el trabajo -leer mails, contestar mails, leer mails, contestar mails- que me quedo inmovilizada, como si me pesaran los brazos, con la mirada suspendida en el aire, como rezando para que a) venga alguien y lo haga por mi b) suene la alarma de incendios – y no sea esa una falsa alarma.

Cuando, de pronto, no sonó el MEEEEEEE atronador que señala “Se quema el edificio” sino el ÑI irritante que dice “Te llaman por teléfono”.

Me llamaban por teléfono.

“Baja, te esperan”. Bajé.

Mi trabajo a veces consiste en asistir a las presentaciones que delegaciones comerciales de casas farmacéuticas hacen acerca de sus productos. En la sala de juntas me aguardaban con caras de hastío compañeros de otras oficinas y unas mujeres tan briosas que sus cuerpos parecían dinamos. Sus ojos se encendían como faros de bicicleta con cada movimiento enfático. Cada gesto que hacían llevaba a otro más enérgico que hacía más evidente aún el aburrimiento de la audiencia.

Qué bien se explicaban.

Qué bien nos explicaron los beneficios de unas píldoras que comercializan en unos lindos botecitos de cristal. “Son complejos multivitamínicos que responden a diferentes necesidades”, nos dijeron. Las pastillas del bote ámbar estaban pensadas para personas que se van a someterse a a altísimas condiciones de presión en el lugar de trabajo: “Si estáis elaborando una entrega muy importante o preparando una ponencia, es ideal consumirlas durante un mes, para que no se produzcan picos de euforia y valles de depresión”. Las pastillas conseguían, según nos transmitieron ellas, crear una constante y armónica tensión emocional que si tuviese que ser representada mediante un dibujo conceptual, se parecería a un encefalograma plano, solo que sin estar uno muerto. Las del bote verde eran más bien para personas que tuviesen en proyecto algún sobreesfuerzo físico. “Presentarse a una maratón, hacer una mudanza o pasar unas vacaciones con niños, todos sabemos que los críos se mueven mucho y pesan y moverlos a veces es tan gravoso como trasladar cajas llenas de libros”. Había por último un bote de color rojo, cuyas propiedades no recuerdo bien, porque las señoras empezaron a entrar en detalle sobre ellas justo después de que yo engullese una de esas píldoras.

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Lo siguiente que recuerdo es que la silla de felpilla azul de la sala de juntas se había convertido en una mecedora muy vieja, que se balanceaba conmigo encima en el porche de una cabaña de madera rodeada de pinos.

Silencio.

Frente a mi se extendía un lago sobre el que espejeaba un sol tímido, como de primavera insegura. Me quedé mirando aquellos destellos pequeños embobada durante un buen rato. A lo mejor fueron horas. El tiempo pasaba de una forma muy extraña. Recuerdo que durante aquel lapso no pensé en nada. En absolutamente nada. No hacía frío ni calor. Supongo que corría una brisa agradable, es lo que hubiese correspondido en una estampa así. Pero me lo estoy inventado, porque en realidad lo único que recuerdo es la sensación de un vacío mental luminoso y plácido.

Cuando salí de mi empampirole tenía sobre el regazo dos libritos pequeños, una especie de cuadernillos. Yo no me había visto desde fuera, así que no podía tener una noción clara de cómo era el lugar donde me encontraba, pero cuando miré el dibujo que adornaba la portada de uno de los legajos enseguida reconocí esa cabaña que aparecía allí ilustrada. Era la misma ante la que ahora yo me mecía.

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Abrí uno de los libritos y lo empecé a leer a salto de mata, como hago con los cientos de correos electrónicos que me llegan cada mañana. Solo que aquella lectura, a diferencia de los mails, me intrigaba.

El primer fragmento que encontré decía esto:

“Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. ¡Si un hombre se cae por la ventana de niño y se queda inválido o si se vuelve loco por temor a los indios, todos lo lamentan principalmente porque eso le incapacita para… ¡trabajar! Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar”.

De nuevo miré al lago. Y me di cuenta de que no muy lejos había un muelle donde estaban tumbados al sol mis compañeros, los mismos que me había encontrado en la sala de juntas hacía unos minutos. O unas horas. No lo sé. Así que me levanté y fui corriendo. Sin mediar palabra me desnudé. No me importaba si me miraban o no. Me tiré al lago de cabeza y buceé todo el rato que pude, empujando el agua hacia los lados con toda la fuerza que tenía, dejando la casita, la mecedora, el bosque de pinos, el muelle y a mis compañeros atrás.

Avanzaba muchísimo y muy rápido. Los brazos no me pesaban. Era verdad que aquellas pastillas daban energía.

Cuando saqué la cabeza, con los pulmones contraídos de contener la respiración, vi frente a mi cara la pantalla del ordenador.

Acababa de entrar otro mail.

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Cosas que están pasando en Madrid y que os gustará saber (Los perros de Aguirre)

1. Hay vecinos que están muy molestos con los perros de Esperanza Aguirre

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Yo, la verdad, no sabía que la lideresa cesante poseyese varios canes. Le conocía solo a Pecas, un Jack Russell Terrier que, en tiempos, la acompañaba a los mítines, con su patriótica correa.

Aunque Pecas ya no va con su ama a baños de masas populares porque, como todos sabemos, Esperanza se ha retirado de toda actividad política para siempre y no tiene ninguna, pero que ninguna, ninguna, ninguna intención de volver, el chuchito aún cuenta  con su propio perfil de tuiter.

En cualquier caso, a juzgar por las pintadas que han aparecido en el entorno del Matadero y que son perfectamente visibles desde la M30, alguien no está muy conforme con la prole canina de la antigua presidenta de la Comunidad. No sé si es que ladran mucho por la noche o su dueña no recoge las cacas que van dejando por las aceras. ¿Qué podría significar este mensaje, si no?

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2. Las bicicletas son los nuevos perros

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Esperanza Aguirre tendrá que comprarse una Pelago si quiere continuar siendo aceptada como legítima residente del barrio de Malasaña. Las bicicletas de paseo de alto standing son un nuevo instrumento de socialización: tan útiles para ligar y conocer gente nueva como los canes de pedigrí. En la plaza de Chamberí hay una tienda preciosa llamada Daily Bicycle donde se pueden encontrar estos scooters con pedales, que van a reemplazar a las Vespas y conseguir que por fin pongan carriles para vehículos con dos ruedas en una ciudad monoteísta que hasta hace nada rendía culto al Dios del Gasoil y obligaba a los amantes del pedal a refugiarse en catacumbas y bodegas.

3. Los hipsters son una amenaza para la convivencia y la seguridad ciudadana

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Hay una cruzada universal muy necesaria contra una gente aburguesada y peligrosísima que se está adueñando del barrio en el que reside la lideresa de los perros y que hace cosas terribles como no afeitarse, ponerse camisetas con mensajes crípticos y marisabidillos, frecuentar bares de viejos o montar locales chulos con ventilación adecuada y decoración algo elaborada donde ponen música decente. Ellos, los muy posturitas, son, casualmente, amantes de las bicicletas. Podéis encontrar más argumentos contra este grupo social que supone una insoportable amenaza para el avance de nuestra sociedad aquíHaceros este test y aseguraos de que no sois uno de ellos. Aunque seguro que no los sois.

 4. En las discotecas de Alberto Alcocer se pincha a Offspring, se baila a Molotov y se cantan canciones de Mumford and Sons a grito pelado. 

Os lo juro por Jesús. Lo presencié el pasado viernes. Al final del Paseo de la Habana, donde el corazón financiero de la ciudad se diluye entre barrios residenciales,  los jóvenes de buena familia (guapísismos, con muy buen pelo y mejor piel -camisas bien planchadas ellos, tacones de vértigo ellas-) lo pasan como enanos con grandes éxitos del 98 y hits indies -que es la palabra que se usaba antes para hablar de los hipsters- de plena actualidad. Cantaban la canción de arriba, Little Lion Man, que se mataban. Me parecieron chavales de gustos eclécticos con pinta de ser muy cívicos y limpios.

Me dio toda la impresión de que pueden ser ellos los que están molestos con los perros de Aguirre.

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San Isidro, Tuiteador

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Maricón perdido

Yo hoy prefiero celebrar San Isidro más que cualquier otra cosa. Y no porque este santo me caiga especialmente bien. No está en mi ánimo hacer una loa del labrador como encomiable sujeto que trabajó de sol a sol para extraerle a la tierra sus frutos. He estado intentando documentarme sobre su vida y obra y he podido encontrar en el apartado “milagros”  que una vez le encontraron en su huerta con una legión de ángeles trabajando para él. Si eso no es dumping social, que baje dios y lo vea.

El verdadero motivo porque el que San Isidro me cae bien es que luce en sus estampas una linda barba y a mí me encanta el bello facial masculino.

Últimamente discrimino a las personas (no digamos ya a los santos) en función de criterios profundamente estúpidos que me hacen sentirme muy especial. Dado que amar es tan difícil en estos tiempos revueltos, ahora odio con auténtica furia y sin tino. ¡Qué dignificante es el odio!

Se cumplen dos años del 15M, esa revolución que se gestó en Internet, y yo celebro San Isidro con la bata puesta, comiendo Doritos y mirando tuiter. Hoy descanso porque mañana trabajo. Podría sentirme culpable. Sé que es lo que pretenden ELLOS. Que les de las gracias por el festivo.

Un espíritu recorre las calles, pero no es el de aquel ciudadanismo que predicaba cándidos eslóganes hace dos años un día de mayo.

Corren tiempos de ironía desatada, de autosuficiencia dañina y nada está peor visto entre la gente lista (la gente: todos esos hijos de puta que no son yo – los listos: todos los que leen, opinan, piensan, tuitean como yo. yo. YO) que caer en el lugar común. Como si los lugares comunes no fuesen infinitamente útiles para describir esas cosas que todos pensamos y a veces no sabemos expresar.

Hay algo que va mal, pero nadie sabe muy bien concretar qué es. Y los que podrían hacerlo, prefieren seguir con chascarrillos lacerantes. Internet, los medios de comunicación, son un espectacular derroche de inteligencia y talento puestos al servicio de nada. Nunca tantas palabras habían dicho tan poco. Ni tanta propaganda había suscitado tan poca acción.

“Corren tiempos” es una expresión cliché, sí.

Corren tiempos.
Raros.

Algunos, los que tenemos trabajo,

GRACIAS

GRACIAS

GRACIAS

seguimos saltando sobre la red del bienestar alegremente. Pero es una alegría siniestra. Y cada vez que saltamos, nos quedamos suspendidos en el aire con la sonrisa congelada. Cerramos los ojos y apretamos los dientes, fuerte, con la expresión del que espera una colleja, mientras rezamos para que en la bajada, esté todavía la red.

Muy cerca de mi casa, en la Plaza de San Bernardo, donde antes estaba la sede de La Casa de Asturias (1.000 metros cuadrados, SE ALQUILA, Teléfono 914567233) hay un campamento de hombres.

En pleno centro de Madrid, en plena calle, esos hombres duermen sobre colchones, en los bajos de un edificio brutalista y bello, de cuyos balcones cuelgan hiedras enredadas como lianas de la selva. Los hombres, morenos de la roña y encorvados de la vergüenza, parecen monos.

Qué imbéciles y qué limpios somos los listos, que tecleamos lamentos cínicos en forma de juegos de palabras sentados en el sofá de casa. Ahí nos tienes. Desde nuestro sillón para el mundo. Luchando como una legión de ángeles, cavando la huerta del ciberespacio.

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El Jardín de Xabi

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¿Qué cifra pone ahí, que no la veo?

Ayer tomé la línea 10 hacia Bernabeu. Cuando salí a la superficie desde el interior del metro no era capaz de orientarme. Iba sin gafas, era de noche, y yo, que soy un megatherium con varias dioptrías, no conseguía ubicar el estadio. Iba a una cena cerca de allí, y ese punto de referencia era para mí fundamental. Cuando por fin un alma caritativa me indicó el camino reconocí a lo lejos los Jardines del Mundial: un conjunto de jardineras hechas con ladrillo y rematadas con banderas internacionales que acorralan a árboles asfixiados por el tráfico de La Castellana. Los inauguraron en 1982, para conmemorar el torneo deportivo que encumbró a Naranjito.

Los Jardines del Mundial ofrecen al deporte rey un homenaje discretísimo. Tan discreto que se podría tildar de cutre, de no ser porque su falta de ambición los hace entrañables. Supongo que cuando se construyeron no había dinero más que para esa pequeñez: en los años ochenta el fútbol aún no manejaba los números mareantes que ahora ponen los dientes largos al pueblo llano. Frente a la majestuosa mole que es el Real Madrid Arena, los Jardines del Mundial son mundialmente austeros.

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A mí, que soy un plantígrado antediluviano, la retórica del nuevo balompié multimillonario me fascina.

Al fútbol le pasa un poco lo que a la moda: su narrativa se ha sofisticado hasta niveles imposibles. A lo mejor porque hay que justificar el gasto.

La casa Chanel ha trabajado durante años en elaboradísimas campañas de marketing para hacer triunfar la idea de que Coco, al inventar el pantalón femenino, poco menos que puso las bases del movimiento de liberación de la mujer. Gracias a esa estrategia de comunicación tan calculada, hoy las señoras que se gastan más de mil euros en riñoneras de cuero negro acolchado se sienten menos culpables y un poco más listas. Están convencidas de que su debilidad consumista es en realidad un acto sublime.

Los clubes de fútbol han fomentado durante años la leyenda del espíritu: los clubes tienes un alma compleja que hay que desentrañar. Hoy, el aficionado es capaz de comprender y defender con argumentos sólidos las bases teóricas que sustentan su amor hacia unos colores. Si los futbolistas cada vez son más gañanes, horteras y simplones, el hincha es cada vez más sesudo, diletante e informado.

Bueno, también hay jugadores listos, equilibrados y elegantes como Xabi Alonso, que se tuitea con Jeff Tweedy.

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Gora Jeff

No seré yo quien haga demagogia barata con el asunto del fútbol. Lo que sí diré es que me agradan mucho más los Jardines del Mundial que las torres Sacyr Vallehermoso, que desde el Summerteeth (la obra maestra que Tweedy compuso cuando se estaba separando de su mujer), Wilco no me han vuelto a gustar y que cuando acaba la liga me siento muy aliviado. Hala Madrid.

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Día de la Madre (El Sentimiento de Culpa de Tita)

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Mata Mua

La noche del pasado sábado, yo, María del Carmen Rosario Soledad, no podía parar de dar vueltas en la cama. Removía las piernas inquieta sobre el algodón egipcio. Me picaba el pelo en la nuca. Cualquier postura me parecía incómoda. Miraba el despertador compulsivamente, esperando que los minutos en la pantalla de led pasasen como los de un cronómetro, y no como los de la sala de espera de un ambulatorio. Los grillos chillaban desquiciados en los fragantes jardines de Villa Favorita. En dos ocasiones encendí la luz de la mesilla. Una me levanté y me senté en el tocador, frente al espejo. Y no es que me encante mirarme ni ver detrás de mí el reflejo de la gigantesca cama vacía.

La verdadera razón por la que me siento aquí es que entre las cajitas de polvo de arroz, los pulverizadores de perfumes y las barras de labios, tengo un altar de portarretratos. En todos aparezco junto a mi hijo.

Normalmente mirar esas imágenes de tiempos felices me ayuda a dormir. Pero hoy no.

La segunda vez que me levanté la noche del pasado sábado eché mano de la autobiografía que estoy leyendo. Las recién reeditadas memorias de Leni Riefenstahl, cineasta oficial del III Reich. Lo abrí por la mitad: apareció un cuadernillo de fotos impresas en páginas blancas de papel satinado, de mucha mejor calidad que las del resto del libro.

Leí un pie de foto “En Nuremberg. Año 1934. Mi último intento de que Hitler me liberara del encargo de realizar un documental sobre el congreso del Partido Nacionalsocialista”. En la imagen una Leni treintañera y ojerosa, vestida con una estilosa capelina blanca, aparece rodeada de oficiales de la Luftwaffe que miran atentos a los comentarios que el Führer hace mientras analiza un plano de situación. Ella, Leni, también mira con mucha atención.

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Observando esa foto noté como una carcajada siniestra se me agolpaba en el diafragma. No pude evitarlo. Estallé a reír primero, después me puse a llorar.

Leni Riefenstahl dirigió cuatro grandes obras obras maestras de la exaltación de los valores arios promovidos por el Partido nazi: Victoria de Fe,  El Triunfo de la Libertad, Día de Libertad: nuestras fuerzas armas y Olympia, este último consistente en cuatro horas de metraje consagradas a los Juegos Olímpicos de Berlín (aquellos que hicieron inmortal a Jesse Owens).

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta que murió, Riefenstahl pasó toda su vida intentando justificar lo aparentemente injustificable, lo imposible de entender.

Si me entró la risa la noche de sábado al leer el pie de foto de aquel álbum de memorias en el que la cineasta decía que “intentó convencer a Hitler que le liberase del encargo de realizar un documental sobre el congreso del Partido Nacionalsocialista” es porque conozco muy bien los mecanismos de la culpa. Eso de autoconvencerse de haber obrado bien a sabiendas de que la ética no tiene reverso; eso de reubicar las piezas de la realidad a favor de uno, para que visualmente todo parezca en orden, aunque haya un pitido infame de fondo, un chillido de grillo impertinente, que arruine la imagen de la perfección.

Cuando se descubrió el horroso pastel del exterminio judío, Leni, como tantas otras personas que formaban parte de las élites de poder alemanas a finales de los años treinta y en los cuarenta, negó haber sido consciente del oscurísimo plan que el gobierno al que ella había apoyado estaba llevando a cabo. Si puso todo su talento al servicio de la exaltación de los perfectos cuerpos arios y de la idea de orden promovida por el régimen de la esvástica, no fue porque aprobase el exterminio, sino porque -decía ella- creía en un programa político del que desconocía su parte más atroz.

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Yo viví muchos años al lado de un hombre que siempre llevó sobre su cabeza la nube negra de la sospecha. Pertenecía a una de las familias más poderosas de la industria alemana del siglo XX. Su hermana mayor, la condesa Margit Batthyany, fue una de las personas que participó en la matanza de unos 200 trabajadores forzados judíos en una fiesta orgiástica que tuvo lugar una noche de marzo de 1945 en el castillo de Rechnitz (Austria). La prensa española, que como yo bien sé -porque he sacado ventaja de ello siempre que he me ha hecho falta- y como bien conocéis vosotros -porque supongo que sois ávidos consumidores de tal tipo de información- gusta mucho de un gran escándalo que olvidar rápidamente, lo reflejó así en su día:

“Margit y su marido, el conde húngaro Ivan Batthyany, invitaron a su castillo a unas 30 o 40 personas, en su mayoría jefes locales del partido nazi, miembros de la policía política, de la Gestapo, de las SS y de las Juventudes Hitlerianas. La fiesta empezó a las nueve de la noche y duró hasta el amanecer del día siguiente, tras una orgía de vino y sangre. El Ejército Rojo se aproximaba, estaba a tan sólo 15 kilómetros del castillo. Los jefes militares nazis estaban empeñados en levantar una fortificación para frenar su avance. Para la construcción, que se había iniciado el 9 de octubre de 1944, se reclutaron trabajadores forzados judíos, sacados de campos de concentración. Muchos tuvieron que marchar a pie desde Budapest. En estas marchas quedó por el camino un buen número de muertos. Algunos cayeron asesinados, a veces por los mismos vecinos, en los pueblos que atravesaban cuando se advertía que no podían seguir el ritmo de la marcha.

La víspera de la fiesta llegaron a Rechnitz 600 judíos. La condesa había cedido los sótanos del castillo a los nazis, y allí se hacinaban los presos. Unos 200 de ellos estaban en tan malas condiciones que no podían trabajar. Pasada la medianoche, el jefe local del partido y funcionario de la Gestapo, Franz Podezin, reunió a unos 15 de los invitados más importantes en una habitación al lado de donde los demás bebían y bailaban, repartió armas y munición y los convocó para matar judíos. Éstos tuvieron que desnudarse, y los invitados, casi todos borrachos, los mataron a tiros. Concluida la faena regresaron a la fiesta, donde bebieron y bailaron hasta el amanecer”.

El País, José Comas, Octubre de 2007

Mi marido, por supuesto, negó haber tenido conocimiento de tal cosa. Él no sabía nada de la fiesta de su hermana y su cuñado.

Yo nunca le creí. Pero jamás hice preguntas incómodas.

Aquí podéis verles a los tres juntos.  Mi cuñada lleva un vestido ideal.

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La verdad es que siempre que miro esta foto, me quedo pasmada de lo que se parece mi suegro, que es el que está a la izquierda de todo, a mi marido, que es el de la derecha de todo. Cuando yo le conocí -a mi marido- era exactamente así, como su padre en la foto. Un tipo con una sonrisa extraña y con la mirada oscura. Un hombre con temperamento.
Yo también tengo mucho temperamento.

Pero la noche del sábado me derrumbé.
Me miré al espejo y vi mi cara. Mi cara es un poema. El poema experimental de un cirujano vanguardista.  “Hace mucho que no te pareces ni remotamente a ti, María del Carmen Rosario SOLEDAD Cervera”.
Y me derrumbé como un castillo de portarretratos.

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Todo porque el domingo era el día del la madre. El puto día de la madre.

Odio el día de la madre. Ojalá pudiese decirlo en alto. ODIO EL PUTO DÍA DE LA MADRE.

Me casé con ese viejo repugnante al que ni siquiera entendía. Yo, Maria del Carmen Rosario Soledad Freifrau von Thyssen-Bornemisza de Kászon et Impérfalva, tenía que besar cada mañana su aliento teutón alcoholizado y dejar que me tocase el culo, cada vez que podía, en actos públicos. Y todo lo hice por ti, hijo. Para que heredases su fortuna oscura.
Y ahora tengo que andar sorteando preguntas incómodas, como esas que yo nunca quise hacer.
Me preguntan por ti. Por nuestro enfado. Me preguntan por qué no nos hablamos. Y tengo que andar justificándome eternamente, como la pobre Leni.

¿Sabes qué pasa hijo? Que hay una cosa que a la gente le chirría muchísimo más que la sombra del nazismo sobrevuele nuestra fortuna. Y es esa cosa tan rara, tan antinatural, tan inhumana, tan aparentemente imposible de entender: que una madre reniegue de un hijo.

¿No ves que a las mujeres nos enseñan desde muy pequeñas que la maternidad nos hará libres?

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Ceguera Mental (2 de mayo)

gallardonbandera

I just call to say I love you

Me mudo a esta nueva ubicación y no comprendo la herramienta que uso. Disculpadme en estos primeros días si las imágenes son pequeñas o muy grandes. Si los saltos de párrafo están mal introducidos o los links activos no se ven claramente. Si los pies de foto no van donde deberían o los interlineados son incongruentes. Si cometo faltas de ortografía flagrantes o digo cosas terribles, como que me gustaría arrancarle el miembro (con los huevos) a Don Alberto Ruiz  Gallardón para colgarlo sangrante de lo alto de una lanza en medio de la Plaza del Dos de Mayo cada vez que le escucho hablar de la nueva ley del aborto. Todo es culpa del WordPress.

No sabéis lo que me está costando empezar a escribir en primera persona. Comencé en dosmil nueve a hablar del Milodón como si fuese alguien ajeno a mí y he tenido que acabar aceptando que este bicho no es un alter ego. Este bicho soy yo.

Ya veis, amigos: la vida contemporánea nos empuja a veces a una neurosis insoportable y algunos nos creamos identidades ficticias para decir lo que en realidad pensamos. Luego hay gente con un par que no tiene miedo a manifestar sus opiniones siempre que les conviene. Ellos son sinceros.

Yo os voy a confesar con honestidad brutal que siempre he tenido mucho miedo a la verdad. Pero prometo que intentaré no mentir mucho. Al menos aquí.

Emocionadó y agradecidó. Bienvenidos.

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